Terminator Salvation

Conocí a Ceci cuando llegó desesperada por sus caries y encías lastimadas, sangre que se hubo de coagular y variadas expresiones de sincero dolor. Ante todo, era bonita. Un pelo enrulado y algo crespo, detonante o siempre apuntando la mirada al ibisco que nuestros papás tenían por doquier en la casa del almendro. Ella estiró su mano, cual aún la rememoro, y sintió la dentadura fría y lánguida de la pasión animal.
-Julián. -me dijo. Su voz sonaba especialmente lenta en esa tarde de primavera. Era como el olor de un ciento de libros que los barcos saturan de aceite negro y rancio. Juegos con naipes. Hablo de lluvias y todo eso, marineros que van y vienen pensando en sus novias y en sus paciencias alternas.

Fui a buscar el oporto. Una simpática sensación de gustoso triunfo me llenaba de gloria y bienestar, creía estar balanceándome en un altísimo pedestal hecho de nubes de muslos de pelirrojas con la piel blanquecina y casi fofa, pero firme al final, y gustosa, claro está.
Así, con el pecho henchido de exultante algarabía, no noté las puertas, y comencé una travesía helicoidal por el consultorio que aún hoy me intriga y expongo entonces a la lectora.
Avíspese en este sentido: las mujeres que cojo siempre terminan lavando mis platos.

Una vivencia chabacana

Soy un ser superior. En realidad no es que me defina como un ser superior, pero poseo cualidades que me ponen enteramente a salvo de la mediocridad. Cojo bien, por ejemplo. Yo diría que bárbaro y hay una troja de chicas que corroboran a rabiar lo que voy narrando. No se trata de maravillar la audiencia con fanfarronadas, pero resulta pieza clave añadir el siguiente comentario: yo cojí muy bien con Ceci. Ella vivió unos momentos espléndidos, y yo dí crédito a mis ojos al verla pasando fenómeno.
Pero no quiero confundir al lector, eso vino mucho después del episodio del consultorio. En esos instantes precisos, yo estaba más abocado a tocarle la muela, que a hacer el sexo con ella.

-Qué fuerte es la anestesia! -dijo balbuceando como si tuviera la boca repleta de dados de una generala, y además hubiera decidido chupar los dados. Pero no chupar en el sentido de succionar, como quién succiona un helado de palito, sino chupar de sobar varios caramelos a la vez en la boca. Por supuesto que todo esto me excitó levemente y, a la vez, me ví manipulado por la vergüenza. Miré al odontólogo y al ver que ni se inmutaba, me retiré campante pero tenso. Casi mareado. Ni hablar de prender un cigarro, pero sí tomar aire, reconocer la vereda, pensar en mi historia.

No había calculado ni media cuadra cuando el celular descerrajó su sistema: era ella. Era un mensaje claro y frenético, era un texto que destilaba congoja y frenesí y... La invité a cenar esa noche. No soy de los que guardan o muerden el polvo, así que fuimos directo a comer gramajo. Ella, claro está, no pudo sino chupar las papitas y aceitarse la jeta, mientras el hedor de la fritura y la música barroca del boliche desmembraban mi placer en doscientos soldados de lujuria y cositas cóncavas y convexas de piel que comenzaban a hamacarse al compás alcohólico de una sístole y dos diástoles.